
lunes, 25 de julio de 2011
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A la hora concertada se han abierto
las puertas de esta sala de máquinas.
Hemos dejado impresos en su cara algunos
últimos besos temblorosos y alguien que
todavía sabe ha empezado a rezar.
A la hora concertada, Morfeo espera al
otro lado para que puedan abrirse
las entretelas de lo invisible.
Todo está preparado con precisión milimétrica:
el instrumental sobre las mesas enfundadas de verde,
las luces, los guantes, las mascarillas, las dosis
de estas y otras substancias. Los ojos verde lima
de nuestro cirujano se han vuelto más penetrantes
que nunca, su perfil más helénico, su voz más acompasada.
Dirige, ordena, ejecuta y decide en esta función
que marcará el resto de nuestras vidas.
No encuentro consuelo, no he sido educada en la resignación.
Alguien que conoce el sufrimiento
me habla desde el otro lado del pasillo: está en buenas manos.
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Los amigos que no se veían empiezan a llegar
desde todas partes, las familias lejanas se han
vuelto próximas, las que se rompieron parece
que conservan algún viejo lazo que les une,
muy a su pesar.
No se sabe cómo se ha corrido la voz, pero
ahí están todos, más viejos y más gordos,
con bolsas de cansancio en los ojos,
sentados en sus sillas de plástico con
termos de café calentitos y bolsas de pastas del pueblo.
Todos tienen heridas de guerra, han pisado quirófanos,
se han caído de andamios, se han roto caderas,
han probado toda clase de prótesis, por no hablar
de unas analíticas que les van a llevar
al otro barrio en menos que ya.
Pero ahí están todos.
Y no piensan moverse de aquí hasta que
se abra esta puerta metálica donde hace mucho frío.
Al menos el café está caliente y las magdalenas
están blanditas, como en los viejos tiempos.
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Me gusta el título de esta película.
Nadie debería vivir sin abrazos.
Me gusta la gente que se abraza,
me gustan las palmadas estruendosas
de los amigotes que se reencuentran,
los abrazos asfixiantes de las tías del pueblo,
los abrazos de los ganadores que lloran en los brazos de otro,
los abrazos temblorosos de los ancianos,
los abrazos pequeñitos de los bebés,
los abrazos de los niños que buscan
consuelo en medio de la noche…
Esteban está acostumbrado a abrazar.
El pecho de cada paciente será un lugar muy frágil
en el que la sacudida de un poco de tos puede ser
muy dolorosa, por eso envuelve con sus brazos
a cada uno de ellos y les enseña a resistir la embestida.
Nunca es tarde para aprender las lecciones más básicas,
¿verdad papá?.