
martes, 26 de julio de 2011
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lunes, 25 de julio de 2011
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A la hora concertada se han abierto
las puertas de esta sala de máquinas.
Hemos dejado impresos en su cara algunos
últimos besos temblorosos y alguien que
todavía sabe ha empezado a rezar.
A la hora concertada, Morfeo espera al
otro lado para que puedan abrirse
las entretelas de lo invisible.
Todo está preparado con precisión milimétrica:
el instrumental sobre las mesas enfundadas de verde,
las luces, los guantes, las mascarillas, las dosis
de estas y otras substancias. Los ojos verde lima
de nuestro cirujano se han vuelto más penetrantes
que nunca, su perfil más helénico, su voz más acompasada.
Dirige, ordena, ejecuta y decide en esta función
que marcará el resto de nuestras vidas.
No encuentro consuelo, no he sido educada en la resignación.
Alguien que conoce el sufrimiento
me habla desde el otro lado del pasillo: está en buenas manos.
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Los amigos que no se veían empiezan a llegar
desde todas partes, las familias lejanas se han
vuelto próximas, las que se rompieron parece
que conservan algún viejo lazo que les une,
muy a su pesar.
No se sabe cómo se ha corrido la voz, pero
ahí están todos, más viejos y más gordos,
con bolsas de cansancio en los ojos,
sentados en sus sillas de plástico con
termos de café calentitos y bolsas de pastas del pueblo.
Todos tienen heridas de guerra, han pisado quirófanos,
se han caído de andamios, se han roto caderas,
han probado toda clase de prótesis, por no hablar
de unas analíticas que les van a llevar
al otro barrio en menos que ya.
Pero ahí están todos.
Y no piensan moverse de aquí hasta que
se abra esta puerta metálica donde hace mucho frío.
Al menos el café está caliente y las magdalenas
están blanditas, como en los viejos tiempos.
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Me gusta el título de esta película.
Nadie debería vivir sin abrazos.
Me gusta la gente que se abraza,
me gustan las palmadas estruendosas
de los amigotes que se reencuentran,
los abrazos asfixiantes de las tías del pueblo,
los abrazos de los ganadores que lloran en los brazos de otro,
los abrazos temblorosos de los ancianos,
los abrazos pequeñitos de los bebés,
los abrazos de los niños que buscan
consuelo en medio de la noche…
Esteban está acostumbrado a abrazar.
El pecho de cada paciente será un lugar muy frágil
en el que la sacudida de un poco de tos puede ser
muy dolorosa, por eso envuelve con sus brazos
a cada uno de ellos y les enseña a resistir la embestida.
Nunca es tarde para aprender las lecciones más básicas,
¿verdad papá?.
domingo, 24 de julio de 2011
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En los días previos a la intervención
se desaprenden muchas cosas.
Las creencias más sólidas pueden tener los pies de barro.
Nada es inmutable, ni eterno, ni, probablemente, necesario.
Excepto el aire que respiras.
El fisioterapeuta enseña a los pacientes que el corazón
dolorido necesitará su tiempo.
Todo lo demás es superfluo y deberá esperar…. o
desaparecer para siempre. Excepto el aire que respiras.
Me gusta ver a mi padre imitando su boquita de pitiminí.
Debería hacerle una foto.
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Algunos de nuestros vecinos leen el Corán en silencio,
humildemente, arrodillados en el suelo. Parecen sentirse
reconfortados con las palabras del profeta. Otros llevan
medallas de vírgenes a las que besan con devoción cuando
nombran a sus hijos o a sus maridos. Admiro profundamente
a todo el que se siente infinitamente pequeño por una vez
en su vida. Pido a Dios que me devuelva la fe y le prometo
que mi hijo hará la comunión vestido de almirante.
Nosotros, en cambio, sólo tenemos este libro
sin parábolas, ni versículos, ni prometedores reinos de otro mundo.
Y a Esteban, nuestro fisioterapeuta, que explica
una vez más qué sentirá el paciente, cuáles serán
sus miedos, el alcance de su dolor.
Hay algo de Mesías en su media melena y su barba
despeinada o, simplemente, yo he perdido la
chaveta antes de reencontrar la fe.
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El diagnóstico es claro como este día de enero
en el que el viento lo traslada todo a su antojo.
El cirujano tiene los ojos verde lima, perfil de
estatua griega y un hablar pausado: el día 13 de enero,
martes, a las 8 de la mañana, entrará en el quirófano
y se le realizará un triple bypass.
No hago otra cosa que mirar sus manos.
Se presta a responder nuestras dudas,
pero no acierto a enhebrar una frase.
No hay peor silencio que el que deja tras
de si una mala noticia. Me pongo a mirar
lo mismo por la misma ventana porque no
quiero saber quién ha roto a llorar primero.
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Desde hace una semana vivimos en la cuarta planta,
tenemos vecinos y amigos nuevos con los
que compartimos las cosas más íntimas, como
si nunca hubiéramos abierto nuestro corazón a nadie.
Se forman corrillos en los rellanos de las escaleras,
tertulias en bata de guatiné junto
a la máquina del café, en los lavabos…
La vida empuja por abrirse paso en este
último día de Navidad, empuja con tanta fuerza
que incluso han llegado los Reyes Magos
y han traído regalos para la yaya María y para
la yaya Paquita, las mujeres de Antonio y de Cristóbal.
Se oyen muchos besitos por los pasillos que se han
convertido en un paseo improvisado
para los cochecitos de muñecas.
La pequeña Sara quiere que su abuelo se quite
el pijama y se vaya a casa, el nieto de Antonio
ha inundado la habitación de dibujos y las
enfermeras han de tomar la tensión
sorteando montañas de rotuladores.
¡Nos hemos saltado la norma del silencio!
Y cuando no podemos hablar,
lo escribimos en las paredes y las puertas.
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Hago las llamadas pertinentes, reviso inutilmente
los quehaceres de mi agenda,
escribo mensajes con la parsimonia de un reo
resignado, borro de mi teléfono
las últimas felicitaciones con los
mejores deseos para este nuevo año,
estampo el móvil contra la pared.
Se han ido todos los que mañana
deberán ganarse el pan con el sudor de su
frente y me he quedado sola en esta
sala inhóspita donde sólo se mueve un reloj.
Me falta el aire.
Con las prisas he olvidado el inhalador.
Una enfermera ha oído
el silbido de mis pulmones y me regala
una cajita que abre mis bronquios.
Abro la puerta del box
número 13 con sigilo y veo sus zapatos
con los dos calcetines arrugados
dormitando en su interior.
Salgo en busca del cuarto café y unas
patatas con mucha sal. ¡A la mierda el régimen!
sábado, 23 de julio de 2011
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La canción de Drexler me martillea la cabeza,
o tal vez son las puertas de los ascensores,
los capuchinos de mierda, los teléfonos con politonos,
las idas y venidas de las placas, los electros y las analíticas.
Han pasado 10 horas y yo ya no soy yo, él ya no es él,
estas no son mis paredes,
voy a tientas como una sonámbula
que quiere despertar de su pesadilla.
Sigo los pasos de los médicos,
espío a las enfermeras, las acribillo,
les suplico hasta desquiciarlas.
Cuento los minutos que la gente aguanta de pie como
una especie de maratón de resistencia
absurda que se me acaba de ocurrir.
Una señora muy amable nos ha regalado
una buena conversación
a las 5 de la mañana.
Es el mejor regalo de este día extraño
en el que, sintiéndolo mucho, me derrumbo.
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Nuestro comité de bienvenida sigue al pie de la letra un
protocolo de urgencias en el que no faltan sirenas,
luces de colores y gente vestida para la ocasión.
A nuestro alrededor se farfullan cosas ininteligibles,
como, si de pronto, se hubiera roto
la comunicación con el exterior.
El público asistente no parece estar interesado
en esta escena mil veces repetida.
Detrás de una cortina alguien gime,
otros deambulan solos
por entre las sillas de metal y los cancerberos
uniformados de marrón y amarillo,
los más ancianos penden del hilo de su
botella de oxígeno con la mirada hueca.
Tal vez sea este largo pasillo el último río que nos lleve…
En medio del espanto, una mano se posa sobre
otra mano y el cielo se abre.
Nos llevan al Nivel 2 con una nueva identidad
y una dosis de moderada esperanza:
varón, 64 años, dolor torácico intenso
con irradiación hacia el brazo izquierdo….
viernes, 22 de julio de 2011
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ABOUT DE SOUFFLE
La mano en el pecho señala la dirección del dolor, pero
esta ambulancia ya lo sabe, porque ha visto muchos
corazones con prisa. El día languidece y se callan los
últimos matasuegras dejando en la cuneta algunos nichos
más. Uno se percata en ese momento que la tragedia se
acrecienta cuanto más forzosa es la alegría del momento.
La noche en el hospital se avecina muy dura. Hay trajín de
batas y camas que se hacen y se deshacen sin parar, camillas
al galope, sillas que vuelan con escafandras de oxígeno
para pasajeros sin aliento,solitarios que cayeron botella
en mano en mitad de la nada y ahora duermen su coma
etílico como títeres sin hilos. Y, por supuesto, mentiras
piadosas para ahuyentar el pánico: Tranquilo, papa, me
han dicho que enseguida llega el cardiólogo de urgencias.

